Miguel Ángel Asturias: El cuco de los sueños

Dr. CarreraMi homenaje a Miguel Ángel Asturias, Premio Nobel de Literatura de 1967: Llega a mi memoria el mes de marzo de 1984. El calor es intenso. La ciudad universitaria de la Universidad de Sao Paulo es un inmenso jardín botánico. Un ejemplo ecológico que le recuerda a la inmensa urbe paulista que se puede convivir con la naturaleza. Es el verde del trópico. Es el inicio de las clases de la maestría en Economía Urbana y Regional, después del Carnaval. Uno de los cursos se titula “Historia Económica de la Urbanización en América Latina” que imparte el Dr. Claudio Alfonso Viera. Estudiamos los orígenes de las ciudades y las regiones en el continente. De la mano de Jorge Enrique Hardoy analizamos el período pre-colombino o pre-hispánico. Comenzamos la discusión sobre la periodización histórica del desarrollo económico-social y urbano-regional de América Latina. En mi fuero interno se atisba el fuego para conocer el caso guatemalteco. Las “ciudades” para unos, “centros ceremoniales” para otros, que nos legaran las civilizaciones azteca, maya e inca, sólo para mencionar algunas de nuestro pasado indígena. De la mano de mis padres me recuerdo, junto a mis hermanos, en los paseos familiares a la fortaleza mam de Zaculeu, a la visita de Mixco Viejo, en el corazón del país cachiquel, los monolitos de Quiriguá en medio del emporio bananero y a los campos de fútbol improvisados que eran los llanos y las colinas de Kamiljuyú. Me intereso en la civilización maya y del conocimiento que de ella tuvieron seres humanos como Sylvanus Morley y Eric Thompson. Me compro en el elegante barrio paulista de los “Jardins”, en uno de los puestos de revistas, la National Geographic Magazine que compendia los conocimientos recientes sobre los mayas. De retorno al apartamento de la Gioconda Mussolini, en el corazón del barrio de Butanta, leo la primera leyenda de “Leyendas de Guatemala”, Miguel Ángel Asturias Rosales, uno de los fundadores de la “Guatemalidad”, que se titula, precisamente “Guatemala”:

“En la ciudad de Palenque, sobre el cielo juvenil, se recortan las terrazas bañadas por el sol, simétricas, sólidas y simples, y sobre los bajorrelieves de los muros, poco cincelados a pesar de su talladura, los pinos delinean sus figuras ingenuas. Dos princesas juegan alrededor de una jaula de burriones, y un viejo de barba niquelada sigue la estrella tutelar diciendo augurios. Las princesas juegan. Los burriones vuelan. El viejo predice. Y como en los cuentos, tres días duran los burriones, tres días duran las princesas.

En la ciudad de Copán, el Rey pasea sus venados de piel de plata por los jardines de Palacio. Adorna el real hombro la enjoyada pluma del nahual. Lleva en el pecho conchas de embrujar, tejidas sobre hilos de oro. Guardan sus antebrazos brazaletes de caña tan pulida que puede competir con el marfil más fino. Y en la frente lleva suelta, insigne pluma de garza. En el crepúsculo romántico, el Rey fuma tabaco en una caña de bambú. Los árboles de madre-cacao dejan caer las hojas. Una lluvia de corazones es bastante tributo para tan gran señor. El Rey está enamorado y malo de bubas, la enfermedad del sol.

Asturias nos recuerda que los viejos predicen. Señala venados de piel de plata, pluma de nahuales y de garzas. Describe los primeros productos primarios de exportación: oro, plata, tabaco, cacao. “El Trópico es el sexo de la Tierra” afirma categórico. De las sociedades indígenas previo a la conquista, señaló la importancia del sacerdote, tanto cuanto la del maíz. En Tikal dice, las nanas e iluminados, a las puertas del laberinto contaban las leyendas del pueblo. Miguel Ángel no fue nana sino iluminado, preso en la puerta del Laberinto. Las mayas son ¡ciudades sonoras como mares abiertos” En su suelo, juega un pueblo niño.

“Es el tiempo viejo de las horas viejas. El Cuco de los Sueños va hilando los cuentos. La arquitectura pesada y suntuosa de Quiriguá hace pensar en las ciudades orientales. El aire tropical deshoja la felicidad indefinible de los besos de amor. Bálsamos que desmayan. Bocas húmedas, anchas y calientes. Aguas tibias donde duermen los lagartos sobre las hembras vírgenes. ¡El trópico es el sexo de la tierra!

En la ciudad de Quiriguá, a la puerta del templo, esperan mujeres que llevan en las orejas perlas de ámbar. El tatuaje dejó libres sus pechos. Hombres pintados de rojo, cuya nariz adorna un raro arete de obsidiana. Y doncellas teñidas con agua de barro sin quemar, que simboliza la virtud de la gracia.

El sacerdote llega; la multitud se aparta. El sacerdote llama a la puerta del templo con su dedo de oro; la multitud se inclina. La multitud lame la tierra para bendecirla. El sacerdote sacrifica siete palomas blancas. Por las pestañas de las vírgenes pasan vuelos de agonía, y la sangre que salpica el cuchillo de chay del sacrificio, que tiene la forma del Árbol de la Vida, nimba la testa de los dioses, indiferentes y sagrados. Algo vehemente trasciende de las manos de una reina muerta que en el sarcófago parece estar dormida. Los braseros de piedra rasgan nubes de humo olorosas a anís silvestre, y la música de las flautas hace pensar en Dios. El sol peina la llovizna de la mañana primaveral afuera, sobre el verdor del bosque y el amarillo sazón de los maizales.

En la ciudad de Tikal, palacios, templos y mansiones están deshabitados. Trescientos guerreros la abandonaron, seguidos de sus familias. Ayer mañana, a la puerta del laberinto, nanas e iluminados contaban todavía las leyendas del pueblo. La ciudad alejóse por las calles cantando. Mujeres que mecían el cántaro con la cadera llena. Mercaderes que contaban semillas de cacao sobre cueros de puma. Favoritas que enhebraban en hilos de pita, más blanca que la luna, los chalchihuites que sus amantes tallaban para ellas a la caída del sol. Se clausuraron las puertas de un tesoro encantado. Se extinguió la llama de los templos. Todo está como estaba. Por las calles desiertas vagan sombras perdidas y fantasmas con los ojos vacíos.

¡Ciudades sonoras como mares abiertos!
A sus pies de piedra, bajo la vestidura ancha, ceñida de leyendas, juega un pueblo niño a la política, al comercio, a la guerra, señalándose en las eras de paz el aparecimiento de maestros-magos que por ciudades y campos enseñan la fabricación de las telas, el valor del cero y las sazones del sustento.”

De la mano de Paulo Israel Singer, nuestro profesor de “Análisis y Distribución de la Renta” y autor del clásico latinoamericano “La Economía Política de la Urbanización”, nos percatamos del período colonial y por supuesto de las ciudades coloniales. Las ciudades fundadas por los conquistadores españoles, lusitanos, holandeses, ingleses o franceses en el continente americano como primer símbolo de la conquista y de la “derrota” de los pueblos del continente. Sueño con conocer las “ciudades-fortalezas”, amuralladas frente al mar. Las “ciudades españolas” construidas sobre las “ciudades indígenas precolombinas”. Ahora los recuerdos afloran. Los domingos en la ciudad colonial de la infancia de mi padre y abuela: Antigua Guatemala. Los Velásquez Collado de la majestuosa ciudad española de Santiago, cercada y abastecida por “pueblos de indios”. Los Velásquez Collado y sus descendientes músicos, de Tío Alberto Velásquez Collado, procesionero y creador de música popular guatemalteca (“Lindas Antigüeñas”. “La Rancherita” y Chuchitos Calientes”, solo para mencionar algunas) hasta José Luis Velásquez, autor de “Como una sombra” y de “Añoranza”. Mis hermanos y yo, niños, sentados enfrente de la cruz en el frontispicio de la iglesia de “La Merced”, junto a la abuela María del Socorro. Con el rostro grave, veo a Severo Martínez Peláez, desde su cátedra “Historia Económica de Centroamérica” en la Facultad de Ciencias Económicas de nuestra augusta Universidad de San Carlos, definiendo a la “ciudad española” en el Reino de Guatemala: “era una ciudad blanca para uso y goce de la condición colonial”. Como el frío helado de las altas cumbres quezaltecas regresan los recuerdos, de las vacaciones de nuestra infancia, en el seno del hogar de mis tíos Paco y Hilda. De la tierna mano de nuestra nana, Angelita Cojulum Coyoy, caminamos por las calles de Xelajú en busca de la casa de su madre, La Julia, que desfallece en su cama, víctima del reumatismo, a los pies del mejor zapatero del mundo –Guadalupe- que trabaja en los umbrales de su habitación. Pasamos por la plaza central de los criollos y de los oligarcas cafetaleros de Quetzaltenango y de los indios principales quichés. La parecida a Sevilla, según Don Carlos Wyld Ospina, uno de sus amantes eternos. En la iglesia catedral, me dice la nana, vive una reina, la virgen del Rosario, la que casó a sus abuelos Carrera Samayoa. Es Quetzaltenango, la ciudad de la estrella, de acuerdo con Porfirio Barba Jacob, el autor de “Rosas Negras”.

Comienzo a conocer las “ciudades coloniales” latinoamericanas, principiando por las brasileñas: San Vicente en Santos, en donde los portugueses desembarcaron primero en esas tierras. San Sebastián de Río de Janeiro en plena y luminosa Bahía de Guanabara. Salvador de Bahía, en donde la providencia de todos los santos, salvó a los navegantes portugueses del naufragio; en la bahía que lleva ese nombre. El “Pelourinho” o picota, conocido como “centro histórico” de Salvador de Bahía es espléndido. Olinda, la ciudad colonial holandesa de Recife, situada en un “Cerrito del Carmen” rodeado de los arrecifes que el Atlántico Sur ha dejado formar en su seno. “Vila Rica”, hoy conocida como “Ouro Preto” en las montañas de Minas Gerais, ciudad cuyo pasado esclavista fuera escudriñado en la tesis doctoral de mi maestro, el ilustre economista, demógrafo e historiador, Dr. Irací del Nero da Costa. Recién hemos almorzado y salimos a buscar algo dulce y nos encontramos en la ciudad del Oro Negro con los dulces de Doña María Gordillo, en el riñón de las Minas Generales. Con los años abría de llegar a Cartagena de Indias, a la vera del Caribe, para constatar sus murallas frente al mar azul y probar el calor de la tarde que conduce al profundo sueño como nos lo narra, en no pocas novelas, el amante de esa ciudad, Gabriel García Márquez. Fue de la mano de los españoles que llegué a un Seminario organizado sobre la problemática de las ciudades iberoamericanas, que tuvo lugar en la “Casa de España” en el corazón de esa inolvidable ciudad.

Conocí también “Panamá la Vieja” y el “centro histórico” en los días en que los gringos habían arrasado con las miles de familias en “El Chorrillo” por querer tomar preso a su antiguo colaborador, el siniestro General Noriega. Santiago la conocí primero a través de las canciones que mi abuelo materno, Santos Carrera Balcárcel, cantaba. En una de las estrofas de “Si vas para Chile” se dice: “El Pueblito se llama Las Condes”, hoy un elegante suburbio de la capital chilena. De Buenos Aires vi parte de la “ciudad vieja” y sus almacenes como en San Telmo. “La Recoleta” y su cementerio. En la “Boca” Del Río de la Plata sentí la nostalgia de los europeos recién descendidos de los barcos. Debe ser esa una de las fuentes, de las raíces del tango: La melancolía. Compartida con los habitantes de Montevideo, en la República Oriental del Uruguay. Su puerta principal, el mercado del Puerto y el monte que yo vi, como grito el vigía portugués que la avistó (monte vi eu), por primera vez, territorio donde vivían hace siglos los aguerridos charrúas. En Nicaragua, regresé enamorado de Granada, en cuya plaza consumí un “vigorón” de antología, pasando por la iglesia de San Francisco, para luego internarnos en el Gran Lago de Nicaragua, para los aprendices de Geografía americana y Cocibolca para los entendidos, limpio como otrora fuera nuestro Amatitlán, hoy convertido en pantano. Palpe y sentí la nostalgia de Franz Galich, por la tierra de su lago. Buscando la librería Porrúa, S. A. en la ciudad de México, que debía pagarme las regalías del libro de mi hermano, el Doctor José Fernando, por esos días moribundo, pude ver la antigua ciudad azteca sepultada sobre la nueva ciudad española construida encima de sus muros, en cuyas cercanías se encuentra la Catedral de México, sostenida por andenes de madera, como muletas de enfermo, después que un violento terremoto la dejaran maltrecha.

Aniversario-de-la-muerte-del-Nobel-Asturias-pasó-desapercibido-en-Guatemala

En Santa Fe de Bogotá pude imaginarme los sueños de Bolívar y comencé a acariciar la idea de algún día publicar un libro iconográfico de nuestras ciudades guatemaltecas. De la mano de Patricia, recorrí La Habana Vieja, la Catedral, sus portales y sus bares famosos. Vimos la ciudad cubana desde los museos que hoy alberga las fortalezas construidas por los españoles, con un sentido envidiable de la localización militar y estratégica. Vimos la ciudad puerto, un puerto natural. En Lima, mi vieja Lima –de nuevo de las canciones de mi abuelo Santos Carrera- entendimos la existencia de Isabela –Chabuca- Granda, descendimos hasta Barranco y comprobamos in situ las razones de Lima para ser la capital del Virreinato. La culinaria peruana es imperdible. En la “Rosa Náutica” vimos los atuendos de los chalanes peruanos, blanco y rosa, las monturas de los caballos cubiertos de plata, imaginamos el andar del caballo de paso peruano. Subimos hasta las faldas del Misti y nos encontramos con la luminosa plaza blanca de Arequipa. En su ayuntamiento vimos el cuadro de la fundación de la ciudad. El conquistador y sus huestes, rodeado de los indios de la región. En Oaxaca, México pude estar dos días en las entrañas del Convento de Santo Domingo y constatar en su iglesia que la Virgen del Rosario es la patrona universal de esta orden y del mundo. Allí pude comprender, la alegría de la música quezalteca del excelso compositor Wosbeli Aguilar, con “La Patrona de mi pueblo”. En su plaza recorrí todos los corridos mexicanos, algunos de los cuales sabían de memoria, gracias a la memoria familiar de los Carrera, provenientes de aquellos lares.

Regreso al apartamento de la Rua Nicolau Pereira Lima, de la urbe paulistana, desde donde diviso la línea de los edificios de la Avenida Paulista, el Sao Paulo Jockey Club, el Instituto Butánta y las márgenes del Río Pinheiros y vuelvo a Miguel Ángel Asturias, en sus “Leyendas”:

“La memoria gana la escalera que conduce a las ciudades españolas. Escalera arriba se abren a cada cierto espacio, en lo más estrecho del caracol, ventanas borradas en la sombra o pasillos formados con el grosor del muro, como los que comunican a los coros en las iglesias católicas. Los pasillos dejan ver otras ciudades. La memoria es una ciega que en los bultos va encontrando el camino. Vamos subiendo la escalera de una ciudad de altos: Xibalbá, Tulán, ciudades mitológicas, lejanas, arropadas en la niebla. Iximché, en cuyo blasón el águila cautiva corona el galibal de los señores cachiqueles. Utatlán, ciudad de señoríos. Y Atitlán, mirador engastado en una roca sobre un lago azul. ¡La flor del maíz no fue más bella que la última mañana de estos reinos! El Cuco de los Sueños va hilando los cuentos.”

Las “ciudades españolas” son en realidad una ciudad de altos o de altivos, según Asturias. Xibalbá, Tulán, Iximché, Utatlán y Atitlán. Ciudades de señoríos en donde reinan las tinieblas, los cackchiqueles, los quichés y los zutuhiles.
Iniciamos la peregrinación de la “ciudad a tuto”, como designara Manuel José Arce y Leal a la historia urbana errante de las ciudades capitales del reino de Guatemala. Santiago de Guatemala aplastando al Iximché de los cachiqueles, la ciudad en el valle de Almolonga, “Ciudad Vieja” o “San Miguel de Escobar”; para aquellos que todavía dudamos de su localización. Santiago de Guatemala en el valle de Panchoy. De la mano de Christopher H. Lutz (1982) nos adentramos en esa ciudad colonial. Miguel Ángel recuerda al Gran Capitán Pedro de Alvarado, evocando sus faenas y su mente. La desventura de Doña Beatriz, viuda que mandó a pintar todos los recintos de su palacio de negro y que llevo luto por la muerte de su marido hasta el último día de sus días y que fuera sepultada en la ciudad colonial tras un aluvión: “En las aguas oscuras de un río sin fondo”. Asturias, por primera vez, le toma el pulso a la ciudad: su ritmo “pasos de ciudad colonial”. En Antigua, dice “El espíritu religioso entristece el paisaje”. Tal vez Salvador de Bahía y su “pelourinho” tenga más iglesias que la vieja Santiago de Guatemala. Mi padre, niño sentado frente al atrio de “La Merced”. Es una “ciudad conventual” como el magnífico de Santo Domingo de los hortelanos, hoy convertido en un elegante hotel cinco estrellas. Los “perros o canes del Señor” que no comen -de las huertas- ni dejan comer, al pueblo indígena y en servidumbre, hambriento. Habla Asturias de la guarda fiel de los Volcanes y que la noche colonial penetra… penetra en la vida de los “pueblos de indios” que la nutren. Ahora nos lleva, peregrinando, al templo de San Francisco. El beato Pedro de Betancourt ayuda a la amante de Don Rodrigo Díaz de Vivar a encontrarlo, después de haber prolijado “pan a los hambrientos, asilo a los huérfanos y alivio a los enfermos”. Miguel Ángel, él mismo erudito de Guatemala, percibe el paso de Fray Payo Enríquez De Rivera. Dice que llama a una puerta de una pequeña casa e introduce la imprenta. En la oscuridad de su sotana, lleva la luz. En los patios y parques de la ciudad colonial se escucha el “lero- lero de las ranas”. Continúo la lectura de Miguel Ángel Asturias, “El cuco de los sueños”:

“En la primera ciudad de los Conquistadores —gemela de la ciudad del Señor Santiago—, una ilustre dama se inclina ante el esposo, más temido que amado. Su sonrisa entristece al Gran Capitán, quien, sin pérdida de tiempo, le da un beso en los labios y parte para las Islas de la Especiería. Evocación de un tapiz antiguo. Trece navíos aparejados en el golfo azul, bajo la luna de plata. Siete ciudades de Cíbola construidas en las nubes de un país de oro. Dos caciques indios dormidos en el viaje. No se alejan de las puertas de Palacio los ecos de las caballerías, cuando la noble dama ve o sueña, presa de aturdimientos, que un dragón hace rodar a su esposo al silo de la muerte, ahogándola a ella en las aguas oscuras de un río sin fondo.

Pasos de ciudad colonial. Por las calles arenosas, voces de clérigos que mascullan Ave-Marías, y de caballeros y capitanes que disputan poniendo a Dios por testigo. Duerme un sereno arrebozado en la capa. Sombras de purgatorio. Pestañeo de lámparas que arden en las hornacinas. Ruido de alguna espuela castellana, de algún pájaro agorero, de algún reloj despierto.

En Antigua, la segunda ciudad de los Conquistadores, de horizonte limpio y viejo vestido colonial, el espíritu religioso entristece el paisaje. En esta ciudad de iglesias se siente una gran necesidad de pecar. Alguna puerta se abre dando paso al señor obispo, que viene seguido del señor alcalde. Se habla a media voz. Se ve con los párpados caídos. La visión de la vida a través de los ojos entreabiertos es clásica en las ciudades conventuales. Calles de huertos. Arquerías. Patios solariegos donde hacen labor las fuentes claras. Grave metal de las campanas. ¡Ojalá se conserve esta ciudad antigua bajo la cruz católica y la guarda fiel de sus volcanes! Luego, fiestas reales celebradas en geniales días, y festivas pompas. Las señoras, en sillas de altos espaldares, se dejan saludar por caballeros de bigote petulante y traje de negro y plata. Esta une al pie breve la mirada lánguida. Aquélla tiene los cabellos de seda. Un perfume desmaya el aliento de la que ahora conversa con un señor de la Audiencia. La noche penetra… penetra… El obispo se retira, seguido de los bedeles. El tesorero, gentil hombre y caballero de la orden de Montesa, relata la historia de los linajes. De los veladores de vidrio cae la luz de las candelas entumecida y eclesiástica. La música es suave, bullente, y la danza triste a compás de tres por cuatro. A intervalos se oye la voz del tesorero que comenta el tratamiento de “Muy ilustre Señor” concedido al Conde de la Gomera, capitán general del reino, y el eco de dos relojes viejos que cuentan el tiempo sin equivocarse. La noche penetra… penetra… El Cuco de los Sueños va hilando los cuentos.

Estamos en el templo de San Francisco. Se alcanzan a ver la reja que cierra el altar de la Virgen de Loreto, los pavimentos de azulejos de Génova, las colgaduras de Damasco, los tafetanes de Granada y los terciopelos carmesí y de brocado. ¡Silencio! Aquí se han podrido más de tres obispos y las ratas arrastran malos pensamientos. Por las altas ventanas entra furtivamente el oro de la luna. Media luz. Las candelas sin llamas y la Virgen sin ojos en la sombra.

Una mujer llora delante de la Virgen. Su sollozo en un hilo va cortando el silencio.
El hermano Pedro de Betancourt viene a orar después de medianoche: dio pan a los hambrientos, asilo a los huérfanos y alivio a los enfermos. Su paso es imperceptible. Anda como vuela una paloma.
Imperceptiblemente se acerca a la mujer que llora, le pregunta qué penas la aquejan, sin reparar en que es la sombra de una mujer inconsolable, y la oye decir:

—¡Lloro porque perdí a un hombre que amaba mucho; no era mi esposo, pero le amaba mucho!… ¡Perdón, hermano, esto es pecado!

El religioso levantó los ojos para buscar los ojos de la Virgen, y…, ¡qué raro!, había crecido y estaba más fuerte. De improviso sintió caer sobre sus hombros la capa aventurera, la espada ceñida a su cintura, la bota a su pierna, la espuela a su talón, la pluma a su sombrero. Y comprendiéndolo todo, porque era santo, sin decir palabra inclinóse ante la dama que seguía llorando…

¿Don Rodrigo?

Con el tino del loco que se propone atrapar su propia sombra, ella se puso en pie, recogió la cola de su traje, llegóse a él y le cubrió de besos. ¡Era el mismo Don Rodrigo!… ¡Era el mismo Don Rodrigo!…
Dos sombras felices salen de la iglesia —amada y amante— y se pierden en la noche por las calles de la ciudad, torcidas como las costillas del infierno.

Y a la mañana que sigue cuéntase que el hermano Pedro estaba en la capilla profundamente dormido, más cerca que nunca de los brazos de Nuestra Señora.

El Cuco de los Sueños va hilando los cuentos. De los telares asciende un siseo de moscas presas. Un raz-raz de escarabajo escapa de los rincones venerables donde los cronistas del rey, nuestro señor, escriben de las cosas de Indias. Un lero-lero de ranas se oye en los coros donde la voz de los canónigos salmodia al crepúsculo. Palpitación de yunques, de campanas, de corazones…

Pasa Fray Payo Enríquez de Rivera. Lleva oculta, en la oscuridad de su sotana, la luz. La tarde sucumbe rápidamente. Fray Payo llama a la puerta de una casa pequeña e introduce una imprenta.”

Nadie como Miguel Ángel Asturias se ha referido a la Nueva Guatemala de la Asunción con el ojo certero para ver su pasado. Ha podido palpar el ritmo de la ciudad, nadie como él ha podido retratarla en medio de la “Rosca de San Blas”. El retrato hablado de su nostalgia, de su tristeza en el exilio. La ciudad poblada de tiendas, de viejos con güegüecho. De espantos, andarines y aparecidos. De los capitalinos contadores de milagros, cachurecos y de reales y supuestos linajes. Asturias describe la vida social de la pequeña ciudad. Las familias principales viven cerca de la plaza de armas y en las calles contiguas, amigas de obispos y de alcaldes. Estas familias no se relacionan con los artesanos, excepto el día del Apóstol Santiago. Miguel Ángel equipara artesanos con pobres, a quienes las señoritas oligarcas les sirven el chocolate ese día de fiesta. “Una vez al año no hace daño”, decían las abuelas de antes. Los artesanos ricos son una ficción en la vida urbana. Asturias, el narrador de su plaza de armas y de los estratos sociales de la pequeña urbe. La ciudad de otrora, poblada de árboles que constituían alamedas. Los árboles, pulmones de las ciudades enterradas, soterradas, viejas ciudades en la que habitan ciudadanos de otros tiempos, nuestros abuelos. Los árboles, quienes llaman la lluvia, que nos traen el agua. El fondo de la tierra, la que permite la germinación del maíz y de los demás alimentos. En fin, la producción y la reproducción de la vida, de la existencia. El despecho del desterrado que se convierte en una canción de amor a la infancia y a los orígenes. A sus fuentes. La alegría del retorno y la tristeza del tiempo ido.

“La carreta llega al pueblo rodando un paso hoy y otro mañana. En el apeadero, donde se encuentran la calle y el camino, está la primera tienda. Sus dueños son viejos, tienen güegüecho, han visto espantos, andarines y aparecidos, cuentan milagros y cierran la puerta cuando pasan los húngaros: esos que roban niños, comen caballo, hablan con el diablo y huyen de Dios.

La calle se hunde como la hoja de una espada quebrada en el puño de la plaza. La plaza no es grande. La estrecha el marco de sus portales viejos, muy nobles y muy viejos. Las familias principales viven en ella y en las calles contiguas, tienen amistad con el obispo y el alcalde y no se relacionan con los artesanos, salvo el día del apóstol Santiago, cuando, por sabido se calla, las señoritas sirven el chocolate de los pobres en el Palacio Episcopal.
En verano, la arboleda se borra entre las hojas amarillas, los paisajes aparecen desnudos, con claridad de vino viejo, y en invierno, el río crece y se lleva el puente.

Como se cuenta en las historias que ahora nadie cree —ni las abuelas ni los niños—, esta ciudad fue construida sobre ciudades enterradas en el centro de América. Para unir las piedras de sus muros la mezcla se amasó con leche. Para señalar su primera huella se enterraron envoltorios de tres dieces de plumas y tres dieces de cañutos de oro en polvo junto a la yerba-mala, atestigua un recio cronicón de linajes; en un palo podrido, saben otros, o bien bajo rimeros de leña o en la montaña de la que surgen fuentes.

Existe la creencia de que los árboles respiran el aliento de las personas que habitan las ciudades enterradas, y por eso, costumbre legendaria y familiar, a su sombra se aconsejan los que tienen que resolver casos de conciencia, los enamorados alivian su pena, se orientan los romeros perdidos del camino y reciben inspiración los poetas.
Los árboles hechizan la ciudad entera. La tela delgadísima del sueño se puebla de sombras que la hacen temblar. Ronda por Casa-Mata la Tatuana. El Sombrerón recorre los portales de un extremo a otro; salta, rueda, es Satanás de hule. Y asoma por las vegas el Cadejo, que roba mozas de trenzas largas y hace ñudos en las crines de los caballos. Empero, ni una pestaña se mueve en el fondo de la ciudad dormida, ni nada pasa realmente en la carne de las cosas sensibles.

El aliento de los árboles aleja las montañas, donde el camino ondula como hilo de humo. Oscurece, sobrenadan naranjas, se percibe el menor eco, tan honda repercusión tiene en el paisaje dormido una hoja que cae o un pájaro que canta, y despierta en el alma el Cuco de los Sueños.

El Cuco de los Sueños hace ver una ciudad muy grande —pensamiento claro que todos llevamos dentro—, cien veces más grande que esta ciudad de casas pintaditas en medio de la Rosca de San Blas. Es una ciudad formada de ciudades enterradas, superpuestas, como los pisos de una casa de altos. Piso sobre piso. Ciudad sobre ciudad. ¡Libro de estampas viejas, empastado en piedra con páginas de oro de Indias, de pergaminos españoles y de papel republicano! ¡Cofre que encierra las figuras heladas de una quimera muerta, el oro de las minas y el tesoro de los cabellos blancos de la luna guardados en sortijas de plata! Dentro de esta ciudad de altos se conservan intactas las ciudades antiguas. Por las escaleras suben imágenes de sueño sin dejar huella, sin hacer ruido. De puerta en puerta van cambiando los siglos. En la luz de las ventanas parpadean las sombras. Los fantasmas son las palabras de la eternidad. El Cuco de los Sueños va hilando los cuentos.”

Miguel Ángel Asturias, el hombre universal nacido en “La Parroquia” hace un siglo, el “bardo de la Parroquia Vieja” se está despertando. Y al hacerlo nos deja una breve cátedra de la historia de nuestras ciudades a lo ancho y largo de todos los tiempos. Para quien quiera aprender. “Moyas” ya despierto está llegando a su ciudad natal, jugando como un “patojo nuevo”, en los “zaguanes abuelos”. Y al hablar de patojos y de patojas nos conmina a recordar sus juegos. El “trompo”, el “capirucho”, los “tipaches”, las diversas modalidades de juegos de canicas o de “cincos”, de nuestra infancia. Los sueños de los barriletes. Me lo imagino regresando por el camino antiguo a la costa atlántica, caminando al lado del Río de las Vacas, poblado en sus riberas de sauces llorones. Miguel Ángel Asturias Rosales: “El cuco de los sueños”, regresa con el juego de los rapaces correteándose y de “andares-andares” de las niñas.
“Las primeras voces me vienen a despertar; estoy llegando. ¡Guatemala de la Asunción, tercera ciudad de los Conquistadores! Ya son verdad las casitas blancas sorprendidas desde la montaña como juguetes de nacimiento. Me llena de orgullo el gesto humano de sus muros —clérigos o soldados vestidos por el tiempo—, me entristecen los balcones cerrados y me aniñan los zaguanes abuelos. Ya son verdad las carreras de los rapaces que se persiguen por las calles y las voces y las voces de las niñas que juegan a Andares:

— “¡Andares! ¡Andares!”
— “¿Qué te dijo Andares?”
— “¡Que me dejaras pasar!”

—¡Mi pueblo! ¡Mi pueblo, repito, para creer que estoy llegando! Su llanura feliz. La cabellera espesa de sus selvas. Sus montañas inacabables que alrededor de la ciudad forman la Rosca de San Blas. Sus lagos. La boca y la espalda de sus cuarenta volcanes. El patrón Santiago. Mi casa y las casas. La plaza y la iglesia. El puente. Los ranchos escondidos en las encrucijadas de las calles arenosas. Las calles enredadas entre los cercos de yerba-mala y chichicaste. El río que arrastra continuamente la pena de los sauces. Las flores de izote. ¡Mi pueblo! ¡Mi pueblo!”

Por Dr. Eduardo Velásquez Carrera

* Economista por de la Facultad de Ciencias Económicas (FCCEE) de la Universidad de San Carlos de Guatemala (USAC), Maestro en Ciencias en Teoría Económica y especialista en Economía Urbana y Regional, por la Facultad de Economía y Administración de la Universidad de Sao Paulo, República Federativa del Brasil y Doctor en Ciencias Políticas y Sociología por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Pontificia de Salamanca, España.

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